Barney vivía en un pueblo de la montaña; tenía nada menos que treinta conejos blancos. Ahora pasa los días completamente solo en un apartamento pequeño de un enorme bloque de viviendas de una gran ciudad, mientras sus padres están en el trabajo. Allí no hay conejos, ni abuelo, ni ruido alguno. Pero en el más aburrido de todos sus aburridos momentos, oyó un rasquido y una pata blanca...







